A raiz de la noticia de la montañera encontrada después de 10 dias desaparecida en Añisclo (ver noticia) me he acordado que aún no había subido las fotos de la ruta del Cañón de Añisclo de mi pasado verano en Pirineos.
Igual no es éste el caso, pero cuando uno lee este tipo de historias no deja de sorprenderse por lo ocurrido, con un final feliz, pero es que es tal la cantidad de despropósitos que se podrían contar de personas que se acercan a la montaña por el tirón en estos últimos años, sin preparación, equipados más para acudir a la playa que a la montaña y con un desconocimiento del terreno al que se enfrentan que te deja asombrado.
Lo primero que uno aprende en esta bella afición es a tenerle respeto a la majestuosa montaña. Allá donde caminemos nos regala belleza y disfrute. Pero a la par vas aprendiendo que somo el ser vivo más torpe e inexperto que la pisa.
No quiero ni voy a dar lecciones a nadie, yo soy el primero que rompe la regla desde el momento en que la mayoría de las veces salgo en solitario, aún a sabiendas del riesgo que ello supone, pero que lo compenso con el conocimiento del terreno y un estudio pormenorizado de la ruta. Y siempre, eso sí, salgo acompañado de mis amigas CORDURA, SENSATEZ y PRUDENCIA.
Ya dije una vez, que desde que me quedé enganchado con la fotografía, mis salidas a la montaña no tienen meta final ni record a batir. No busco llegar más alto ni más lejos que nadie, sino que disfruto el momento y el lugar, sin mirar si este está tan solo a unos cientos de metros del punto de partida.
La montaña siempre estará ahí, pero más de uno se debería preguntar: ¿y tú, donde estás?

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