VERANO: sol, calor y sequía

Llegó el verano, tardío, pero implacable.

Como acostumbra hacer año tras año, se aposentó por estas tierras. Acompañado en campo abierto de sus “40 y tantos amigos”, algunos menos a la sombra (que ahí caben menos) y con su llegada todos marcharon.



La lluvia hace meses que nos abandonó a nuestra suerte y las pocas nubes que asoman por el horizonte, huyen despavoridas antes semejante aridez.

Los pocos animales que quedan, con el paladar reseco, se afanan en buscar alguna charca donde saciar su sed. Pero las charcas también nos dejaron.

Las plantas, que ya dejaron caer sus semillas sobre el abrasador suelo, pasaron a mejor vida.

De modo que aquí quedamos pocos. Algunos reptiles que campan a sus anchas, mientras enlutados buitres merodean cansinamente una y otra vez en inacabables círculos. Y los duros, los irreductibles mamíferos de dos patas. ¡Qué sufridores somos!



Menos mal que a la vuelta de hoja del almanaque llega agosto, y con él desempolvaremos la vieja maleta, la llenaremos hasta los topes con los mismos “trapos” del año pasado (que para algo uno gasta la moda que nunca pasa de moda) y nos lanzaremos como posesos a esas atiborradas playas, donde emigran por estas fechas todos los bípedos a los que sus longevas hipotecas se lo permiten. Con la vana esperanza de que a la vuelta, estas tierras sean un poco más habitables que ahora, más humanas.

Menudo ladrillo he “parío”. Es infumable, lo sé, pero es que a estas alturas necesito unas vacaciones como agua de mayo, ¡yaaaaaaaaa…! ¿no se nota?

Así que ¡hasta la vuelta, familia!


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