Castril: alrededores de este bello pueblo

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Una mañana cualquiera, de uno de esos días del largo periodo estival. Como en otras muchas ocasiones, sin rumbo definido, dirijo mis pasos a la cercana villa de Castril.

Hoy no me adentro en el intrincado laberinto de barrancos de su parque natural, hoy toca un liviano paseo por sus calles de empinadas cuestas, no en vano no dista tanto de la montaña que lo rodea. Por cierto, hace pocos días, en esas mismas cumbres se dejó la vida un montañero, bello lugar, que en algunas ocasiones se cobra un caro tributo al que lo contempla.

Como decía, la población, localizada en lo alto de una loma bajo la cual el ronroneo de las aguas de su río, encajonado en altas paredes calizas que parecen impedirle el paso, se desparrama en callejuelas sin orden ni concierto, todas ellas bajo la atenta mirada desde la cumbre, de su santo.

Os dejo con unas tomas, algunas de ellas desde arriba, emulando lo que verían los ojos de las aves que la sobrevuelan, felices ellas que tienen el privilegio de tan honorífica panorámica.










VERANO: sol, calor y sequía

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Llegó el verano, tardío, pero implacable.

Como acostumbra hacer año tras año, se aposentó por estas tierras. Acompañado en campo abierto de sus “40 y tantos amigos”, algunos menos a la sombra (que ahí caben menos) y con su llegada todos marcharon.



La lluvia hace meses que nos abandonó a nuestra suerte y las pocas nubes que asoman por el horizonte, huyen despavoridas antes semejante aridez.

Los pocos animales que quedan, con el paladar reseco, se afanan en buscar alguna charca donde saciar su sed. Pero las charcas también nos dejaron.

Las plantas, que ya dejaron caer sus semillas sobre el abrasador suelo, pasaron a mejor vida.

De modo que aquí quedamos pocos. Algunos reptiles que campan a sus anchas, mientras enlutados buitres merodean cansinamente una y otra vez en inacabables círculos. Y los duros, los irreductibles mamíferos de dos patas. ¡Qué sufridores somos!



Menos mal que a la vuelta de hoja del almanaque llega agosto, y con él desempolvaremos la vieja maleta, la llenaremos hasta los topes con los mismos “trapos” del año pasado (que para algo uno gasta la moda que nunca pasa de moda) y nos lanzaremos como posesos a esas atiborradas playas, donde emigran por estas fechas todos los bípedos a los que sus longevas hipotecas se lo permiten. Con la vana esperanza de que a la vuelta, estas tierras sean un poco más habitables que ahora, más humanas.

Menudo ladrillo he “parío”. Es infumable, lo sé, pero es que a estas alturas necesito unas vacaciones como agua de mayo, ¡yaaaaaaaaa…! ¿no se nota?

Así que ¡hasta la vuelta, familia!


Los campos de nuestros abuelos (final)

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Los campos de nuestros abuelos (continuación)

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Unas pocas fotos más, para completar la entrada anterior.

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